Su nombre es Victoria, y es Revolucionaria.

Recientemente ha surgido la engañosa polémica acerca de cuándo, dónde y cómo es lícito protestar. Ha ocurrido en la Ciudad de México, cuando, tras varias denuncias de violación por parte de agentes policiales, en un clima de absoluta impunidad, grupos de protestantes enfrentaron a las autoridades, dañaron parte de las instalaciones gubernamentales y “agredieron” al secretario de Seguridad Ciudadana con purpurina rosa.

Desde el primer momento se lanza desde determinados sectores una crítica encendida a estos actos, justificando la ceguera y la total falta de sensibilidad ante el reclamo de aquellas que no exigen otra cosa que justicia. La protesta es tomada como una “provocación”, la manifestación que sigue deja, entre otros desperfectos al mobiliario urbano, la huella de las pintadas en uno de los monumentos más representativos de la ciudad: El Ángel de la Independencia.

Seguirá la letanía de lo inapropiado que resulta la “vandalización” del hito común, como si la justicia por la que se reclama no fuera también un asunto común, como si la sombra que planea sobre las cabezas de los ciudadanos pudiera ser ignorada simplemente agachando la cabeza.

El Ángel de la Independencia, relegado a un icono citadino estampado mecánicamente en logotipos, panfletos turísticos y billetes. Sin embargo, existe una gran distancia entre la identidad oficial, asignada por las autoridades, y aquellas que le otorga la sociedad que vive y padece bajo sus alas doradas.

El Ángel de la Independencia no es un logotipo, sino un antiguo símbolo. El Ángel de la Independencia, de hecho, no es ni siquiera un ángel, es una diosa. Su nombre es Victoria, y es revolucionaria. Una imagen puede fosilizarse, encerrarse en una vitrina, enajenarse del tiempo y las circunstancias, pero los símbolos están vivos.

Cabría preguntarse cuánto saben del Monumento a la Independencia los que ahora se llevan las manos a la cabeza por unas pintadas. La construcción del monumento en honor a los héroes de la Independencia empezó a planearse a finales del s. XIX, se presentaron diversos proyectos en los que el motivo era una columna, inspirada por la Columna Trajana, rematada en una figura alada, representación de Niké (diosa de la victoria).

El diseño seguía la tradición de la Columna de Julio de Paris (1840), en la Plaza de la Bastilla en París, para conmemorar la Revolución de 1830. El Genio de la Libertad de la Columna de Julio y la Victoria del monumento de la Independencia de la Ciudad de México, son muy semejantes, ambas figuras aladas en bronce (posteriormente doradas) rematan la columna, coronada por un capitel y sostienen sendas cadenas rotas, como símbolo de la libertad conquistada, en una de sus manos.

El otro monumento con el que está emparentado es la Siegessäule, Columna de la Victoria, Alemana (1873), rematada también por una figura femenina y portando una corona de laurel representando el triunfo.  Tanto las Victorias como el Genio de la Libertad, se sostienen sobre un solo pie, teniendo uno de los brazos en alto, pues el triunfo que representan depende siempre de un delicado equilibrio.

El monumento a la Independencia fue inaugurado en 1910, la obra escultórica la realizó Enrique Alciati, director del ramo de escultura en la Academia de San Carlos. La Victoria portadora de las cadenas rotas no se levanta por ella misma; en su base, fuerzas mudas y oscuras, al margen del Conjunto escultórico de los héroes patrios (Hidalgo, Morelos, Guerrero), se encuentran las alegorías de la Guerra, la Paz, la Ley y la Justicia, recordándonos que, si uno sólo de estos elementos falla o se excede, el resto está condenado.

Alegoría de la Paz
Alegoría de la Guerra

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La otra figura que encontramos al pie del monumento es el Genio conduciendo al León. Antonio Rivas Mercado, arquitecto a cargo del proyecto, diría que simbolizan “al pueblo, fuerte en la guerra y dócil en la paz”.

Genio (o infante) conduciendo al León

En 1925 el Monumento de la Independencia se convirtió en Mausoleo, al trasladarse allí los restos de diferentes héroes de la independencia, y en 1929 se instaló una lámpara votiva y se le recibió oficialmente el nombre de “altar de la patria”. Sin embargo, cuando con motivo de la celebración del Bicentenario de la Independencia el INAH (Instituto Nacional de Arqueología e Historia) realizó un análisis de los restos óseos custodiados en el Monumento, identificó también los restos anónimos de numerosos varones jóvenes, mujeres, niños e incluso de animales. Aunque, por supuesto, esta información no fue publicitada.

Lámpara votiva, 1929

Al lado de los restos óseos, el interior del Monumento custodia la estatua de Guillén de Lampart, irlandés nacido en 1615 y enviado a México en 1640 por el Conde Duque de Olivares para informar acerca de las intrigas relacionadas con la independencia Portuguesa. Desencantado con el entorno social Lampart se unió a indígenas y esclavos negros contra el gobierno y fue encarcelado por la Santa Inquisición, acusado además de practicar hechicería y pactar con el Diablo. Durante 7 años planeó un movimiento independentista y escapó para organizarlo, pero pronto fue apresado de nuevo, enjuiciado por los tribunales de la Inquisición, acusado de y sentenciado a morir en la hoguera en 1659.

El mal llamado Ángel de la Independencia, ha sido disputado por la oficialidad y la ciudadanía. Los unos estampando su imagen como una marca en toda suerte de soportes, desde postales y desfiles hasta carreras esponsorizadas por grandes marcas, eventos futbolísticos, conciertos publicitarios o papel moneda. Los otros, yendo a protestar a sus pies, recordando su significado.

En 1968 la Victoria Alada vio pasar por el Paseo de la Reforma la Marcha del Silencio contra el abuso y la brutalidad policial, en la que participaron estudiantes, profesores, intelectuales, amas de casa, obreros y profesionales de la ciudad. En la manifestación de más de 250,000 personas, todos los manifestantes guardaron silencio para evitar que la policía pusiera como pretexto la provocación (ya desde entonces palabra clave para el ejercicio indiscriminado de la violencia). A pesar de este gesto, finalmente el movimiento sería reprimido el 2 de octubre por el gobierno en la matanza en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco.

Marcha del Silencio, 1968

A la luz, no sólo de la gravedad de la situación actual, sino de la propia historia del monumento y la ciudad ¿Qué es lo lícito? El Ángel de la Independencia no es un ángel, es una diosa de senos descubiertos, cuya imagen ha sido sistemáticamente explotada, mientras se ninguneaba su mensaje. Las pinturas en su piel de piedra y metal son un mensaje que le pertenece, desde el momento en que ella se convierte en una más. Tal vez esas consignas que tantos parecen considerar vandalismo sean, en realidad, un visceral tributo al espíritu de un monumento que, si pudiera, lloraría de asco y rabia al ser testigo de lo que ocurre día a día a sus pies.

Estatua derribada por el terremoto, 1957

La Victoria Alada de la Ciudad de México, la que sostiene las rotas cadenas de la opresión, cayó del monumento en el terremoto del 28 de julio de 1957, quedando completamente destrozada. Además de recuperar la escultura, fue necesario rehacer la cimentación del monumento y reparar los daños ocasionados en la columna. El 16 de septiembre de 1958, poco más de un año después, el monumento fue reinaugurado. La recuperación de una agresión sexual por parte de la víctima y su entorno es un proceso mucho más largo y doloroso. Nada podrá devolver a las asesinadas a la vida.

No muy lejos de allí, también en el Paseo de Reforma, observa la más joven fuente de la «Diana Cazadora«, con la estatua de la Flechadora de las Estrellas del Norte como la llamó su autor, Juan Olaguíbel. Inaugurada en 1942, la Liga de la Decencia, protestó airadamente hasta conseguir que se cubriera, por motivos cristianos, la ofensiva desnudez de la casta Diosa Lunar, que no recuperaría su aspecto original hasta 1967.

Para ciertas personas, las cosas siempre serán así, adorarán el ídolo, olvidarán el espíritu que lo convierte en algo más que una hermosa vasija. Pero la estrechez de miras, el refugio en lo convencional, la caza sin tregua a los elementos que resultan incómodos, zarandeando lo precario de una ilusión de estabilidad, no los salvarán del fuego cuando llegue a sus puertas, tan ciego como ellos, dispuesto a lacerar con sus llamas antes de reducir a cenizas aquello que más aman.

 

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